Auge, caída y renacimiento del disco de vinilo: el formato que inventó la industria musical
Durante décadas, los discos de vinilo fueron mucho más que un simple soporte musical. Fueron el eje sobre el que giró una de las industrias culturales más influyentes del siglo XX. Desde los primeros experimentos de Emile Berliner hasta la consolidación del álbum moderno, el vinilo no solo transformó la forma en la que escuchamos música, sino que también alteró cómo se produce, se distribuye y se consume. Su historia es la de un negocio global que aprendió a empaquetar emociones, escalar creatividad y generar valor a partir de algo tan intangible como el sonido.
Hoy, en plena era del streaming, cuando la música parece haberse disuelto entre algoritmos, suscripciones y la nube, la resurrección del vinilo plantea una paradoja tan sugerente como reveladora: ¿por qué un formato aparentemente obsoleto vuelve a crecer en un mercado dominado por lo digital? La nostalgia tiene su peso, pero se trata de una transformación más profunda del consumo cultural, donde la experiencia, la identidad y el objeto físico recuperan un valor que parecía perdido.
La música es casi tan antigua como el ser humano, pero el interés por capturar el sonido para su preservación y reproducción no se produciría seriamente hasta la revolución industrial, en el siglo XIX. En aquella época se llevaron a cabo muchos experimentos para tratar de grabar el sonido, que acabarían culminando en la invención del fonógrafo por Thomas Edison, en 1877. Grababa sobre un disco cilíndrico, primero cubiertos por papel de aluminio, y después hechos de cera. Inicialmente estaban pensados para transmitir mensajes de voz, aunque pronto se empezó para grabar música y canciones. La primera de la que se tiene constancia es ‘Mary had a little lamb’.
Poco después, el inventor Emile Berliner fue introduciendo mejoras al fonógrafo de Edison, que le permitieron lanzar el gramófono en 1888. Su gran ventaja es que no utilizaba un cilindro como soporte de grabación, sino el primer disco de la historia, hecho de goma vulcanizada, que poco después se sustuiría por goma laca. Tenía varias ventajas: eran más baratos, más fáciles de usar y también de almacenar. Además, su sistema creaba una grabación master, de la que luego se podían hacer copias fácilmente. A pesar de su fragilidad, esta eficiencia le dio una gran ventaja sobre la competencia.

Berliner se asocia con Eldridge R. Johnson, un ingeniero de Philadelphia, para que fabrique un motor para el gramófono, que inicialmente se accionaba a mano. La combinación es un éxito, y Johnson introduce numerosas mejoras. Fascinado por el gramófono, desarrolló evoluciones también para los discos y para el proceso de grabación. Finalmente, y con el beneplácito de Berliner, fundó en 1900 la empresa discográfica Consolidated Talking Machine, que tras largos y complejos litigios de patentes, se reorganizó como la Victor Talking Machine Company de Camden, Nueva Jersey. La música había dejado de ser efímera, y se había convertido en un activo comercial.
Pocas empresas han sido más importantes en la historia de la música. Victor, como se conocía a la compañía, fue la primera en grabar discos de jazz y blues. También grabaron óperas, comedias musicales y todo tipo de espectáculos. Pero también fueron pioneros en la introducción de nuevas tecnologías. Así, en 1925, comenzaron con las grabaciones eléctricas, que supusieron toda una revolución en la industria. Finalmente, Victor fue adquirida por RCA, creando RCA Victor, que en 1968 se renombraría como RCA Records. La filial británica de la compañía se acabó convirtiendo en EMI. Paralelamente, en Japón, nacía JVC, como compañía subsidiaria de Victor, más enfocada en los gramófonos y fonógrafos.
Los discos conocidos como 78 RPM, por la velocidad a la que se reproducían, se mantuvieron durante décadas como formato de referencia, al que se le iban introduciendo mejoras.
El vinilo
Hasta que en 1948 llegan los discos de vinilo, que supusieron una verdadera revolución. Estaban hechos de un plástico llamado policloruro de vinilo, del que recibe el nombre, y eran una versión muy mejorada de sus antecesores. El surco era de menor grosor y profundidad, y giraban a menor velocidad, lo que les permitía una mayor duración de grabación, llegando a alcanzar los 30 minutos por cara. Esta evolución cambió para siempre la industria de la música, pasando a centrarse en álbumes en vez de en canciones.
El primer LP fue lanzado por Columbia, en 1948, con el ‘Concierto para violín en mi menor de Feliz Mendelssohn’, interpretado por el violinista Nathan Milstein y la Orquesta Sinfónica de Nueva York, dirigida por Bruno Walter. Su competencia, RCA Victor, presentó su propia versión meses después, y el vinilo pronto se estableció como el formato estándar para el mundo de la música. Y, además, se escuchaba mucho mejor, proporcionando un sonido rico y cálido.
La llegada del álbum como referencia, con una colección de canciones en lugar de una sola, cambian la forma de diseñar, producir y comercializar la música. Se redefine la forma en la que los artistas crean y las discográficas monetizan. Empaquetar canciones tiene muchas ventajas, ya que diluye el riesgo, pues no es necesario que todas las canciones sean éxitos, y aumenta el valor percibido del producto: el consumidor no compra música, compra una experiencia completa.

Además, el disco se convierte en un objeto de culto, y deseable. Y la portada, tan grande, tan visible y tan artística, se transforma en una herramienta de marketing. No es casualidad que sea con el disco de vinilo cuando empiezan a aparecer álbumes y grupos que se convierten en leyendas, como The Beatles o Pink Floyd. Sus discos no solo se escuchan, también se miran.
Los mayores ingresos para las discográficas también permiten mayores inversiones, tanto en producción, con mejores estudios y más recursos; distribución, construyendo redes globales de venta de discos; o en marketing, creando magníficas narrativas para los artistas. A su alrededor se impulsan industrias paralelas, como las de tiendas, equipos de sonido, de instrumentos…
Es el disco de vinilo el que permite el nacimiento del negocio moderno de la industria musical. No solo cambió cómo suena la música, sino que cambió la forma de pensarla, de consumirla y, sobre todo, de monetizarla. La música se convirtió en una de las industrias culturales más rentables del siglo XX.
La competencia: el casete y el CD
Pero el dinero también permite invertir en nuevos formatos, y así llega primero la cinta de casete, en los años 60, aunque ofrecía una experiencia muy diferente a la del vinilo, y convivieron con normalidad. Después llegaría el CD, en los 80, una nueva revolución que se llevó por delante al vinilo. Más barato, más fácil de transportar, portable, sonido digital, los cambios de canción era más sencillo… El año 1986 sería el último en el que un vinilo superó a un CD en ventas, con el ‘Say You, Say Me’ de Lionel Richie llegando al número 1. La popularidad del vinilo cayó rápidamente, y para 1991 era ya casi un formato obsoleto. En esa década los DJ eran casi los únicos que seguían comprándolos, para sus mezclas.
La digitalización de la industria musical, los mp3, la llegada de internet, las descargas, la piratería, iTunes, Spotify y las plataformas de la competencia…todo hacía pensar que el vinilo estaba muerto. Muchas empresas especializadas en la fabricación de discos acabaron cerrando, lo que intensificó aún más la caída del formato.
