“Una rosa de Francia”, historia de una de las canciones cubanas más populares
MADRID, España.- La mayoría de los cubanos conocen el título de la canción “Una rosa de Francia”, de la autoría del destacado compositor, violinista, pianista y director de orquesta Rodrigo Prats (1909- 1980), nacido en Sagua la Grande, provincia de Villa Clara. Pero quizás no muchos conocen que la letra se la proporcionó en el verano de 1924 el joven escritor y poeta Gabriel Gravier (1900-1974), oriundo del poblado habanero de Santiago de las Vegas, amigo de la familia de Prats que vivía en esa localidad, y donde este pasaba temporadas siendo estudiante de música.
Gravier fue un destacado intelectual que dejó huellas en la historia y la vida cultural de su ciudad natal; en los años cuarenta ganó concursos literarios y periodísticos y ofreció charlas como en la Primera Feria del Libro efectuada en su región en 1947. Versos suyos fueron el origen del bolero criollo que más popularidad diera a Rodrigo Prats, “Una rosa de Francia”, convertido en pieza antológica del cancionero insular, pese a sus numerosas composiciones, entre las que se cuentan “Aquella noche”, “Espero de ti” “Creo que te quiero”; y también a su música para teatro, operetas como “Amalia Batista” y “María Belén Chacón”, pregones como “El heladero” y “El tamalero”.
Según recoge la investigadora Concepción Díaz Marrero, fue en una tertulia en Santiago de Las Vegas donde surgió la idea de musicalizar —con la ayuda del jovencito Rodrigo Prats— unos versos del destacado intelectual santiaguero Gabriel Gravier. De esta forma surgió una de las canciones cubanas más famosas: “Una rosa de Francia”.
De modo que la cubanísima rosa de Francia, “cuya suave fragancia una tarde de mayo su milagro me dio (…)” —como reza uno de sus estribillos—, es fruto de la unión del talento de dos jóvenes cubanos en la primera mitad del siglo XX.
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